Foto: Museo Nacional de Escultura

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Museo Museo Nacional de Escultura
Inventario CE1487
Clasificación Genérica Pintura
Objeto/Documento Cuadro
Autor Amaya, Andrés (Lugar de defunción: Valladolid (p), 1704)
Título La Virgen apareciéndose a Fernando III el Santo
Materia/Soporte Lienzo
Técnica Pintura al óleo
Dimensiones Marco: Altura = 205 cm; Anchura = 175,50 cm; Profundidad = 4,50 cm
Soporte: Altura = 190,50 cm; Anchura = 160 cm
Descripción La aparición de la Virgen a Fernando III de Castilla, llamado el Santo, se incluye en dos episodios distintos de su vida legendaria. En uno se narra como, habiéndose declarado una gran sequía que asolaba campos y rebaños, el rey se retira en solitaria penitencia para implorar su cese, dirigiéndose a la Virgen como intercesora; pasados tres días Esta se le aparece con su Hijo en brazos para anunciarle que su súplica ha sido oída y la pronta llegada de la lluvia. En el otro episodio, estando de viaje el monarca entre Sevilla y Alcalá de Guadaira, se le manifestó la Virgen para mostrarle su apoyo en el enfrentamiento con los musulmanes.
Domina la composición la figura genuflexa del rey en primer término, vestido a la moda de comienzos del siglo XVII, cuyo gesto grandielocuente parece ofrendar los símbolos de la monarquía (cetro y corona) a la Virgen aparecida en un ámbito de atmósfera celeste, desvelado por teatral cortinaje recogido a la izquierda. En la parte inferior, junto a una filacteria que desvela incompleto el nombre del personaje, consta la firma del pintor, cuyo estilo podría vincularse con el de algunos pintores cortesanos de la segunda mitad del siglo.
Iconografia Aparición de la Virgen María a Fernando III el Santo
Inscripciones/Leyendas En filacteria, en la parte inferior derecha
REX FERDIN
Firmas/Marcas/Etiquetas En la parte inferior
AMAIA, F.
Datación 1667=1700
Contexto Cultural/Estilo Barroco español
Clasificación Razonada La escena representada parece referirse a un episodio de la vida de Fernando III de Castilla. Cuenta la tradición que hallándose ocupado el monarca en el asedio a la ciudad de Sevilla (1247-1248), decidió autoimponerse, como ya había hecho en otras ocasiones, una serie de sacrificios y penitencias para conseguir de la Divinidad que cesase la aguda sequía que amenazaba las cosechas y la vida de los ganados, implorando para ello la intercesión de la Virgen a la que era especialmente devoto. Al cabo de tres días de permanecer retirado en soledad se le apareció María, con su Hijo en brazos, prometiéndole que la lluvia no tardaría en llegar, como así sucedió. No obstante existe otra leyenda que asegura que tal aparición de la Virgen al monarca tuvo lugar durante un viaje que el rey hizo desde Sevilla hasta Alcalá de Guadaira, y que durante el camino la Señora de los cielos le ofreció su apoyo en la lucha contra los musulmanes.
El rey aparece ataviado con media armadura, gola, calzón acuchillado, botas, manto de púrpura y armiños y collar del toisón, todo ello más propio de un soberano del primer tercio del siglo XVII que de un monarca de época medieval. Arrodillada su pierna derecha sobre un cojín, su mano diestra señala como en actitud de ofrenda a la Virgen la corona real dispuesta sobre una consola y el cetro con el que juguetea un niño, mientras apoya la izquierda sobre su pecho. Un cortinaje, recién descorrido, aumenta la teatralidad de la escena cuya composición parece concebida para ser vista desde abajo como si su destino hubiese sido el ático o remate de un retablo.
Se carece de datos biográficos que puedan aclarar el origen y la formación artística de Amaya, pudiendo ser orientativo el que su apellido sea de origen burgalés. Ceán Bermúdez le consideró, poco atinadamente, discípulo de Vicente Carducho, pero su estilo nada tiene que ver con el del pintor florentino del primer tercio del siglo XVII. Sus primeros cuadros conocidos, conservados en la iglesia segoviana de San Martín (1682), ofrecen una concepción pictórica mucho más avanzada y tampoco consienten relacionar su formación con ningún pintor vallisoletano. Curiosamente su estilo, enteramente desarrollado en aquella fecha, podría vincularse con el del burgalés José Moreno y también, naturalmente, con el de otros pintores cortesanos de la segunda mitad de aquel siglo.
Sus cuadros casi nunca se hallan fechados, lo cual no ayuda a establecer una cronología en su obra conocida, por otra parte sumamente dispersa ya que a los cuadros existentes en Valladolid (iglesias de San Pedro, San Miguel, convento de Agustinos y Catedral) hay que añadir otros conservados, en Toro, Palencia (iglesia de San Miguel), San Millán de la Cogolla, Villafranca del Bierzo o León (San Isidoro). Únicamente el lienzo de San Francisco y Santa Teresa, localizado en la iglesia penitencial de la Vera Cruz de Valladolid, puede fecharse en 1693, momento en que el ensamblador Alonso Manzano realizó el retablo en donde se halla instalado. Tal vez, el número de obras suyas conservadas en Valladolid permiten confirmar una estancia larga en esta ciudad, en la que residía con su familia cuando falleció en 1704.
Fue artista bien preparado para la composición, mostrando gran habilidad en la agrupación y relación de las figuras. Hasta el momento, todas sus obras conocidas son de asunto religioso pero en ellas puede apreciarse un gusto por los detalles de naturaleza muerta y se sabe que también pintó retratos. Es indudable que el pintor se esforzó por obtener una tipología particular para sus personajes y sus obras son fácilmente reconocibles por el modelo que utilizó para las cabezas de ángeles, de caras regordetas y narices respingonas, así como por los perfiles de sus rostros femeninos.
Bibliografía URREA FERNÁNDEZ, Jesús. La Virgen apareciéndose a Fernando III el Santo. Pintura del Museo Nacional de Escultura. Siglos XV al XVIII (II). Valladolid (m): 2001. pp. 83-85.
Catalogación Urrea Fernández, Jesús
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