Foto: Javier Muñoz

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Museo Museo Casa de Cervantes
Inventario CE272
Objeto/Documento Cuadro
Autor/a Iriarte,Valero (Lugar de nacimiento: Zaragoza, 1680[ca] - Lugar de defunción: Madrid, 1744[ca])
Título Historia del Pastor Grisóstomo y la Pastora Marcela (Escena del Quijote)
Materia/Soporte Lienzo
Dimensiones Altura = 162 cm; Anchura = 220 cm
Descripción Pintura cuyo argumento se desarrolla en un amplio paisaje. Don Quijote a caballo y Sancho sobre su rucio en el centro de la composición, asisten al entierro del pastor Grisóstomo que es depositado en su tumba por diferentes pastores situados en el ángulo izquierdo; a la derecha la pastora Marcela presencia el desarrollo de la escena y manifiesta sus argumentos de inocencia. Uno de los pastores que ayudan a sepultar a Grisóstomo tiene en sus manos algunos de los escritos que éste dedicó a Marcela.
Iconografia Ángulo inferior izquierdo del lienzo: Grisóstomo;
Ángulo derecho del lienzo: Pastora Marcela;
En el centro del lienzo: Don Quijote; Sancho Panza
Inscripciones/Leyendas Losa sobre el ángulo inferior derecho del lienzo, Pintado, Español
Yace aquí un amador/ El mísero cuerpo helado, / que fue pastor de ganado, perdido por desamor. / Murió a manos del rigor/ de una esquiva hermosa ingrata, / con quien su imperio dilata / la tiranía de amor.
Datación 1701[ca]-1744[ca] (Primer tercio del siglo XVIII)
Uso/función Decorativo
Clasificación Razonada Esta pintura narra la historia de Grisóstomo y Marcela, primera de las historias intercaladas en la obra El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (capítulos XII al XIV). El relato cuenta el entierro del pastor Grisóstomo, fallecido por causa del rechazo que sufrió por parte de la pastora Marcela, a quién se culpa de su muerte. Marcela era hija de un rico labrador. Su rechazo al matrimonio le llevó a hacerse pastora, y a reivindicar una forma de vida en libertad. El lienzo narra la aparición de Marcela durante el entierro, que hace un alegato para demostrar su inocencia, reivindicando su libre condición y su derecho a decidir.

" - Pues sabed -prosiguió el mozo- que murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquella que se anda en hábito de pastora por esos andurriales [...].

En estas pláticas iban, cuando vieron que, por la quiebra que dos altas montañas hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negra lana vestidos y coronados con guirnaldas, que, a lo que después pareció, eran cuál de tejo y cuál de ciprés. Entre seis dellos traían unas andas, cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto por uno de los cabreros, dijo:
- Aquellos que allí vienen son los que traen el cuerpo de Grisóstomo, y el pie de aquella montaña es el lugar donde él mandó que le enterrasen [...]

Y queriendo leer otro papel de los que había reservado del fuego, lo estorbó una maravillosa visión -que tal parecía ella- que improvisamente se les ofreció a los ojos; y fue que por cima de la peña donde se cavaba la sepultura pareció la pastora Marcela, tan hermosa, que pasaba a su fama su hermosura [...]

- ¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco destas montañas!, si con tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó la vida?

- No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho -respondió Marcela-, sino a volver por mí misma y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan [...] Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama [...] Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? [...] Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos [...] A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad [...] pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito [...] El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado [...] Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este ni solicito aquel; ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera [...]

Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en tanto que se acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer, con un epitafio que que había de decir desta manera:

Yace aquí un amador
El mísero cuerpo helado,
Que fue pastor de ganado,
Perdido por desamor.
Murió a manos del rigor
De una esquiva hermosa ingrata, con quien su imperio dilata
La tiranía de amor."

El autor de esta obra, Valero Iriarte, fue un pintor barroco español. Nació en Zaragoza aunque muy pronto se trasladó a Madrid. Tras retratar en 1711 al príncipe de Asturias, futuro Luis I, tuvo acceso a la Corte y recibió otros encargos del rey Felipe V y su esposa Isabel de Farnesio. En los años siguientes realizó numerosos retratos de los miembros de la familia real, convirtiéndose en un retratista muy demandado por la aristocracia y la nueva burguesía. Se formó en el barroco tardío de finales del siglo XVII aunque en sus últimas obras muestra la influencia de los artistas franceses que se encontraban en la Corte. Esta influencia se puede ver en las diferentes escenas inspiradas en el Quijote, en las que destaca el fondo paisajístico y la abundante vegetación.

Junto a esta obra magistral, Valero Iriarte pintó otras escenas como Don Quijote en la venta, Don Quijote armado caballero o Lucha de don Quijote y el vizcaíno conservadas en el Museo Nacional del Prado y Don Quijote en su batalla con los pellejos de vino de la Fundación Banco Santander, todas ellas enmarcadas en su última etapa.
Catalogación Álvarez Sellers, Alicia
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